PAZ PARA CALMAR LA SED

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foto: Marcha Patriótica Guaviare

El 12 de Agosto empezaron las fiestas en San José del Guaviare; un “Yurupary de oro” extrañamente ambientado por Vallenato del “corroncho”, Salsa de la “rosa” y la orquesta de la Policía Nacional. Algo bien distinto a la referencia primigenia de la vida que significa el nacimiento del Jurupary para las comunidades indígenas del noreste amazónico. Aunque el parrando estaba bueno, ninguna de las bandas, las bailadoras o borrachines se imaginaba el fiestón por la paz, que a escasos 80km, se tranzaba en las veredas sobre el Guayabero. Una de ellas es Puerto Cachicamo, como tantas olvidada por el Estado. Sus calles tapizadas en gravilla y balastro, dan cuenta de decenios de promesas de Alcaldes y Gobernadores en campaña, y por supuesto, de su negligencia histórica para con las comunidades campesinas. Son estas últimas las que han dotado de vida ese alejado poblado incrustado en las selvas húmedas del Guaviare: las casas adornadas con bombas (de las de inflar) color blanco, carteles en nombre de la paz, y en el medio de la cancha una pancarta de 4m X 8m con la frase: “Guayabero existe, insiste y resiste”.

 

Allí se dieron cita el 13 de Agosto las representaciones del Gobierno Nacional, el Ejército Nacional, la ONU y las FARC-EP, para realizar una visita al lugar donde quedará una de las Zonas Veredales Transitorias acordadas en la Habana para la dejación de las armas. El suceso es de trascendencia, no solamente porque denota el estado más avanzado en un proceso de conversaciones alcanzado con esta guerrilla en 52 años de confrontaciones, sino porque es evidencia de la añoranza de paz de quienes han vivido enteramente asediados por la guerra. Mientras en algunas calles de ciudades principales se maquinan planes para acabar con lo discutido en 48 meses de conservaciones entre las partes componentes de nuestro conflicto socio-político, en las callejuelas de Puerto Cachicamo los niños ondean banderitas blancas y celebran saltando la llegada de las comisiones.

 

Los guerrilleros vestidos de civil saludan a sus tías, sobrinos, compañeros, que también son los habitantes del caserío. Los soldados buscan tolda bajo el techo de la “residencia” abandonada y miran con recelo a quienes otrora llamaron “colaboradores”. Una calma, aparentemente tensa, circula el ambiente. En Puerto Cachicamo hay personas cuyos familiares fueron “picados como yuca”, según nos comentó una de las asistentes al evento, por paramilitares en complacencia con los soldados que escapaban del sol en una esquina del pueblo. En Puerto Cachicamo, también, hay militares que vieron a sus amigos perecer bajo el fuego “enemigo”; pero en Puerto Cachicamo ya nadie pide sangre, nadie clama por la justicia de las balas y el orden de los bombardeos. Ya no, eso solo pasa donde no se han sentido los rigores de la guerra, pero si ha hecho mella el engaño de quienes se lucran por el sufrimiento de las pobrerías colombianas.

 

A las 11 del día el sol era implacable, la sed desesperante y la sombra escondía la luz pero no el calor. Los soldados con sus uniformes y los guerrilleros de civil; era evidente que detrás de la pechera casco y demás prevenciones, eran los primeros quienes padecían con mayor rigor la fortaleza del clima. Mientras los delegados de las partes presentes exponían sus consideraciones, después de haber sido recibidos por caminos de honor de la comunidad con banderas blancas en mano, la tensión empezó a ser evaporada por los casi 37 grados de temperatura de aquella mañana. Los guerrilleros del Frente 7mo, presentes en el evento, empezaron a acercarse a los soldados, procurando romper, de manera definitiva, parte de esas 5 décadas de eterna tensión. No hubo increpaciones ni preguntas para el debate, no hubo orden del día ni cuestionamientos en desfavor, solo un: “Lo que hace es calor, tomémonos un agüita pelao. Hoy invita el séptimo”. Allí se lapidan parte de las toneladas de dolores que cada contraparte sostuvo sobre sus hombros durante años de combate por defender lo suyo, lo propio y lo colectivo.

 

No quiero concentrarme en lo que dijeron los generales ni los comandantes, eso será motivo de polémica en todos los diarios en los próximos días. Resulta más pedagógico narrarles que la respuesta del soldado, que casi con temor recibió la primera bolsa de agua, fue: “tomemonosla, agua es agua venga de donde venga”. Acto seguido, a sus “cursos” les asoma una sonrisa tímida en la boca, se relajan los músculos, que solo volvieron a tensarse en un apretón de manos al recibir más bolsas de agua por parte del guerrillero. Algunos incluso se quitaron el casco, descargaron la culata del fusil en el suelo terroso, mientras se sentaban de frente con el que cada cual persiguió en la maraña. Se escuchaban intercambios, diálogos que, en símil al de sus superiores en la Habana, pasaron primero por romper las desconfianzas: “Yo me acuerdo de usted”; “a usted lo distingo, me le volé en esa emboscada por Caño San José ¿se acuerda?”; todos ya en tono risueño y dejando las razones de sus encuentros pretéritos en el pasado.

 

Los asistentes al evento veían con deleite esa escena; la muestra tangible de esa paz a la que algunos piensan decirle NO, estaba en unos tragos de agua. He leído los acuerdos, conozco el marco de las discusiones, pero pensar en la paz, cavilar en torno a ella, era algo difuso hasta ver a soldados y guerrilleros riendo en medio de un vaso de agua. Si las condiciones hubiesen permitido una fiesta y las formalidades no impidiesen la cercanía hasta el punto del contacto, de seguro un par de guerrilleras habrían zapateado con algún soldado. Allí, el mito de la Colombia maldecida por la guerra parecía difuso. En una bolsa de agua se disolvían los odios, se sellaban miradas de reencuentro y se regaba el suelo de la reconciliación; ningunos más alegres que los civiles, en conversaciones posteriores la gente se reía del encuentro que atestiguaron y la paz tenía más fuerza que cualquier desventura.

 

Hay quienes dirán que los campesinos asistieron obligados, que la ONU está ahora al servicio de las mafias, que el evento fue pagado con plata del narcotráfico y que lo que reinó fue el temor y no la esperanza. Los discursos en torno a la paz, la mayoría de las veces se construyen en diálogo con la guerra, algunas en su franca oposición y otras en su perfecta sincronía; pero más allá del problema lingüístico, un par de bolsas de agua y la sombra de un zinc caliente desbarataron cualquier argumento en desfavor de la paz. Dos bolsas de agua que no requieren financiación del narcotráfico ni la ONU, y que nadie recibe por obligación ni zozobra. ¡Que recojan sus firmas entonces, que si lo que necesitamos es un bálsamo que cure nuestras heridas invitaremos agua por montones!

 

Por el infortunio de los escollos que la paz deberá afrontar, amanecimos con la noticia de que paramilitares se habían asentado en la vereda del “Capricho”; debimos abandonar la zona. Si el Gobierno no se pone las pilas a regar el patio con el agua que calmó la sed de aquel evento en Cachicamo, se levantará un polvero, porque hay más de un validador dispuesto a zapatear de nuevo así no haya pareja a quien sacar.

 

El jueves estaremos con CEALDES en la Zona de Reserva Campesina de Calamar en el Guaviare compartiendo experiencias en un evento de paz. Les contaremos como resultó la cosa.

Por: Sebastián Gómez Zúñiga (Centro de Alternativas al Desarrollo)

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